¿De dónde venimos?

viernes 6 de noviembre de 2009

El amante.

Yo estaba hundida cuando le conocí. Recién salida de mi inocencia, y recién expulsada de mi primer paraíso. Mi primer sueño se había roto, mi primera historia de amor había acabado. Tenía 17 años, y una vida por delante, aunque yo había pasado casi un año incapaz de ver más allá.

De repente, algo me resucitó, no sé muy bien qué, y allí estaba él. Conocía su voz, una voz penetrante, profunda y sincera que me llegaba a través de una emisora de radio. Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo me hice la dura y se lo puse difícil, pero su interés aparentemente incansable en mí acabó haciéndome mella, por no decir que él obtuvo ciertas ayudas de mi entorno. Tenía yo entonces un amigo, de esos que creía serían para toda la vida, al que conquistó con I'm your man, de Leonard Cohen.

Entonces, este amigo mío y yo, decididos a hacer locuras por amor, como los buenos románticos, decidimos hacer un viaje para encontrarnos con nuestros amantes. En una ciudad cercana al mar, en un piso abandonado, allí nos esconderíamos por dos o tres días. Era la aventura perfecta.

Mi amigo no pudo esperar, y salió el viernes por la mañana en tren hacia nuestro destino. Allí encontraría a su amante, y nos esperarían. Yo, responsable, asistí a clase, y por la tarde, emprendí mi viaje. Él hizo lo mismo. Valencia, la ciudad que hoy me acoge, sería nuestro punto de encuentro, y desde allí partiríamos juntos a encontrarnos con mi amigo.

Podéis imaginar los nervios. Yo ahora mismo todavía los recuerdo. Algunos de mis entonces ya amigos valencianos fueron a verme a la Estación del Norte, para pasar conmigo la hora y algo que tendría que esperarle, por cosas de horarios. Después, cuando fuí a encontrarme con él, se escondieron detrás de uno de los pilares metálicos de la estación y presenciaron nuestro encuentro: Él, enorme, vestía una camiseta de basket azul, y se acercaba a mí. Creo que nos miramos un segundo, quizá medio, y después nos fundimos en un beso hermoso, puro y lleno de anhelo. Ni que decir tiene que al volver a casa tuve que aguantar bromas varias sobre el tamaño de mi amante.

Pasamos juntos ese fin de semana. He de decir que si materialmente mi inocencia estaba perdida, él me hizo perderla también mentalmente. Hicimos el amor hasta saciarnos, sin descanso, pues nuestro tiempo era limitado. Me enseño facetas de mí que jamás habría conocido - y que, he de ser sincera, extraño. Me mostró maneras de gozar que no creo conveniente nombrar. Me abrió las puertas de un nuevo mundo, y nunca se lo habré agradecido suficientemente.

Volví a verle otra vez más - y no he vuelto a verle desde entonces -, en la que tuvo el detalle de construirme un camino de pétalos de rosa, adornar toda nuestra habitación con velas y perfumarla con aceites aromáticos. Hicimos el amor tantas veces que creo que no hay penitencia que pueda salvarme del infierno. Todavía guardo ese quemador de aceite y los aceites de flor de loto y albahaca con los que perfumó aquel momento.

De vez en cuando enciendo ese quemador para recordar su fuego.

La buhonera

Si me das una sonrisa
yo te bordo un corazón
que te adorne la camisa.

¿Qué te duele, niña triste,
qué te oscurece la voz?

Tengo caramelos de menta,
gominolas de cereza,
pero se me han acabado
las tiritas para la tristeza.

sábado 24 de octubre de 2009

El idealista.

Creo que todos somos hijos de lo que fuimos, de nuestro pasado. Y creo que una parte de eso que somos, una parte considerable, se debe a la huella que han dejado en nosotros nuestros amantes. Por eso, a modo de terapia para un malestar que no se qué es, voy a recordar. Dudo mucho que alguno de ellos lo lea, pero si lo hiciese, espero que se reconozca, aunque quizá lo que encuentre no sea de su agrado.


Él era un idealista de libro. Conocía sentencia y citas de esas que levantan el alma, de las que conmueven. Ponía su vida en sus ideas. Fijénse que yo, en aquellos tiempos, era todavía crédula a mi manera, y me dejaba llevar por eslóganes y sueños utópicos, y aún así, ñel me sorprendía y me enternecía a un tiempo, pues veía en él la inocencia y la esperanza de un niño que apenas sabe del mundo.

Eso era en gran parte lo que me gustaba de él: su carácter de niño jugando a ser grande, su confianza en que se podría superar cualquier escollo, cualquier obstáculo. Y me asustaba su parte adulta: su creencia en que cualquier paso era legítimo si nos acercaba a la meta.

Me fascinaba la manera en la que hacíamos el amor. Estábamos dando los primeros pasos y queríamos correr sin saber andar todavía. Éramos inagotables. Le deseaba, mucho más de lo que él a mí, supongo, y gozaba del placer de despertar entre sus brazos, supongo que porque no se me presentaba la posibilidad de hacerlo a menudo.

Pero no podía funcionar. Tenía que compartirlo con sus proyectos, sus ideas y sus camaradas, y a mí no me gusta compartir nada, soy demasiado egoísta. Además, yo nunca he tenido vocación de mujer conformista, más bien todo lo contrario: siempre he tenido voluntad de contrariar, aún yendo contra mí misma, lo que no puedo decir que sea un comportamiento inteligente.

Y poco a poco sentí que no era el centro de su vida, como era lógico que ocurriese, y busqué en otros brazos. Es curioso que sea con él con el único que haya recurrido a esos remedios, cuando quizá era uno de los que menos lo merecía. No puedo decir que haya sido una amante modelo, más allá de la cama.

Y le amé, a mi manera le amé, pero no lo suficiente, aunque yo no lo supiera. Y me hirió cuando por fin creí aceptar mi sitio, negándome otra oportunidad. No es de extrañar, sabiendo que yo maté un poco más a ese niño que en el fondo era.


jueves 1 de octubre de 2009

Donde hubo fuego.

Hoy he vuelto a pensar en lo complejas que son las relaciones humanas. Es difícil establecer una relación, conseguir que salte la chispa entre dos personas: la chispa de la amistad, la chispa del deseo, la chispa del amor... Y si eso es difícil, no hablemos de lo complicado que es mantener encendida esa llama. Tengo algo de experiencia en lo que es ver que el fuego se apaga y no se sabe qué más añadir. Al final, en un esfuerzo, se echa el resto, y, como supongo que sabréis, con tanto material inflamable, todo salta por los aires. Supongo que no es necesario que os hable acerca de lo frustrante y desesperante que es esa situación.

Sin embargo no es de eso de lo que quiero hablar, pues supongo que es algo que por todos es sabido. De lo que quiero hablar es de que una vez que has prendido esa llama no hay vuelta atrás. Hoy por fin he entendido plenamente el famoso refrán que dice que dónde hubo fuego, cenizas quedan. Y eso no tiene por qué ser bueno. De hecho creo que ese refrán no es acertado en los contextos en los que suele usarse, pues cuando alguien dice eso, está dando a entender que, de alguna manera, podría volver a encenderse la llama, pero ¿habéis probado a encender una hoguera con cenizas? Supongo que no, no tiene lógica. Más bien debería ser "donde hubo fuego, quedan brasas". Ahí sí podría decirse: basta con avivarlas un poco para tener de nuevo una hoguera.

Pero no es así con las cenizas. Las cenizas son los despojos del fuego que hubo, son lo oscuro, lo desagradable, lo que deja una mancha inconfundible. Así que creo que tengo un nuevo contexto de aplicación de ese refrán: cuando lo que queda de esa relación son sólo malos sentimientos.

Es casi imposible romper del todo una relación, sobre todo, si tuvo algo de importante. Y normalmente, esas relaciones, cuando no acaban bien - en ese caso no hay nada que olvidar, nada que romper - suelen acabar muy mal. Y esas cenizas tiñen nuestra vida de amargura sutilmente, pero lo necesario como para que sepamos que esa persona forma parte de nosotros porque formó parte de nuestra vida y siempre será parte de nuestro pasado. Lo suficiente como para que sintamos que nos equivocamos terriblemente y pensemos, y sintamos, como en aquella canción "ojalá no te hubiera conocido nunca".

martes 29 de septiembre de 2009

Una ventana.

He aquí una pequeña actividad que
he tomado del blog del exitoso escritor de la
archiconocida obra "A de la Almena,
B de Berenjena" y siguientes.
(No se esfuercen en captar la broma).

Descripción de una ventana.

Una ventana es, a veces, un espejo perfecto: en él proyectamos algo y obviamos algo. Normalmente, lo que se obvian, son los defectos. Pero es, además, un dispensador de aire fresco, una fotografía dinámica, un paisaje de casi-bolsillo.

Una ventana puede ser una postal a la inversa: no se entrega a familiares, no se presume de ella, no nos es inusual. Sin embargo, cuando la perdemos de vista, nos gustaría haberla traído con nosotros - a veces.

En ocasiones, una ventana es el demonio: le muestra la luz del sol al recluso, y deja pasar los gritos jubilares de los niños en el parque para que los escuche el estudiante atormentado entre libros y libretas.

La ventana, además, no se acompleja. No se enorgullece de sus rectas ni de sus redondeces, y tampoco se avergüenza. Quizá por eso es siempre sincera.



Vale, os he engañado. No es una descripción de una ventana.
Pero es que lo mío - si es que algo es "lo mío"-
es el mito, la poesía, lo fantástico,
pero desde luego,
no el realismo.