De repente, algo me resucitó, no sé muy bien qué, y allí estaba él. Conocía su voz, una voz penetrante, profunda y sincera que me llegaba a través de una emisora de radio. Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo me hice la dura y se lo puse difícil, pero su interés aparentemente incansable en mí acabó haciéndome mella, por no decir que él obtuvo ciertas ayudas de mi entorno. Tenía yo entonces un amigo, de esos que creía serían para toda la vida, al que conquistó con I'm your man, de Leonard Cohen.
Entonces, este amigo mío y yo, decididos a hacer locuras por amor, como los buenos románticos, decidimos hacer un viaje para encontrarnos con nuestros amantes. En una ciudad cercana al mar, en un piso abandonado, allí nos esconderíamos por dos o tres días. Era la aventura perfecta.
Mi amigo no pudo esperar, y salió el viernes por la mañana en tren hacia nuestro destino. Allí encontraría a su amante, y nos esperarían. Yo, responsable, asistí a clase, y por la tarde, emprendí mi viaje. Él hizo lo mismo. Valencia, la ciudad que hoy me acoge, sería nuestro punto de encuentro, y desde allí partiríamos juntos a encontrarnos con mi amigo.
Podéis imaginar los nervios. Yo ahora mismo todavía los recuerdo. Algunos de mis entonces ya amigos valencianos fueron a verme a la Estación del Norte, para pasar conmigo la hora y algo que tendría que esperarle, por cosas de horarios. Después, cuando fuí a encontrarme con él, se escondieron detrás de uno de los pilares metálicos de la estación y presenciaron nuestro encuentro: Él, enorme, vestía una camiseta de basket azul, y se acercaba a mí. Creo que nos miramos un segundo, quizá medio, y después nos fundimos en un beso hermoso, puro y lleno de anhelo. Ni que decir tiene que al volver a casa tuve que aguantar bromas varias sobre el tamaño de mi amante.
Pasamos juntos ese fin de semana. He de decir que si materialmente mi inocencia estaba perdida, él me hizo perderla también mentalmente. Hicimos el amor hasta saciarnos, sin descanso, pues nuestro tiempo era limitado. Me enseño facetas de mí que jamás habría conocido - y que, he de ser sincera, extraño. Me mostró maneras de gozar que no creo conveniente nombrar. Me abrió las puertas de un nuevo mundo, y nunca se lo habré agradecido suficientemente.
Volví a verle otra vez más - y no he vuelto a verle desde entonces -, en la que tuvo el detalle de construirme un camino de pétalos de rosa, adornar toda nuestra habitación con velas y perfumarla con aceites aromáticos. Hicimos el amor tantas veces que creo que no hay penitencia que pueda salvarme del infierno. Todavía guardo ese quemador de aceite y los aceites de flor de loto y albahaca con los que perfumó aquel momento.
De vez en cuando enciendo ese quemador para recordar su fuego.

