Últimamente pulula por este humilde blog un anónimo "activo". Lo digo porque no lee, sino que además, comenta.
Hace tiempo que no escribo, pero en fin, le doy la bienvenida.
No voy a hacer rogar a nadie, ¡líbreme dios!
El Libro de los 7 Sellos
"Y vi a la derecha del que estaba sentado sobre el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos, y vi a un ángel poderoso que con gran voz pregonaba:¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?" Apocalipsis,5,1-2
miércoles 8 de febrero de 2012
viernes 27 de enero de 2012
De segunda (o tercera)
Últimamente me pasa relativamente a menudo que tengo la sensación de ser una persona de segunda clase en diferentes ámbitos.
Nunca me he sentido menos que nadie por tener menos dinero. Por suerte, y sí, lo digo tal cual, me he criado en el seno de una familia humilde, trabajadora, y he aprendido que las cosas cuestan y las personas valen. Por eso no he sentido nunca que mi valor disminuyese un ápice por no tener una Barbie, o un coche, o un ordenador último modelo.
Sin embargo, últimamente me siento extraña. Me siento como una especie de anciana avara que no come para no comprar o algo por el estilo. Y no es que no quiera gastarme dinero, es que no puedo, porque no lo tengo (ojalá más gente tuviera esta mentalidad).
Que nadie me malinterprete y empiece a sentir una pena desgarradora por mí. Puedo comer, vestir adecuadamente (más o menos, que nunca he sido yo muy buena vistiendo), y disfruto de ciertas comodidades, como una conexión a Internet que me permite informarme y comunicarme con otras personas. Sin embargo, hoy por hoy, y en mi situación, hay prioridades.
Hoy me han dicho que era impensable que no conociese Barcelona. Que se trata de una ciudad preciosa. Y que es muy accesible. Que me puedo coger un Euromed por la mañana y volver por la noche en el último, y pasar el día visitando diferentes monumentos y zonas emblemáticas de la ciudad condal. El billete de Euromed Valencia-Barcelona cuesta alrededor de 44 euros. Son casi 100 euros en un día. Too much pal body.
Y la persona que me lo ha sugerido no tenía maldad, en absoluto. Pero a medida que se ha puesto a hablar he empezado a ser consciente de que no estábamos al mismo nivel. Que hay cosas que hoy por hoy no puedo hacer, y que eso me pone límites. Cosas que no he hecho. Experiencias que no he vivido. Lugares que no he visitado. No me avergüenzo de mis circunstancias. Tengo en la vida lo que he podido conseguir, ni más ni menos. Pero el hecho de que se de por sentado que todo el mundo está a ese nivel es cuanto menos, curioso. Sobre todo, con la que está cayendo.
Nunca me he sentido menos que nadie por tener menos dinero. Por suerte, y sí, lo digo tal cual, me he criado en el seno de una familia humilde, trabajadora, y he aprendido que las cosas cuestan y las personas valen. Por eso no he sentido nunca que mi valor disminuyese un ápice por no tener una Barbie, o un coche, o un ordenador último modelo.
Sin embargo, últimamente me siento extraña. Me siento como una especie de anciana avara que no come para no comprar o algo por el estilo. Y no es que no quiera gastarme dinero, es que no puedo, porque no lo tengo (ojalá más gente tuviera esta mentalidad).
Que nadie me malinterprete y empiece a sentir una pena desgarradora por mí. Puedo comer, vestir adecuadamente (más o menos, que nunca he sido yo muy buena vistiendo), y disfruto de ciertas comodidades, como una conexión a Internet que me permite informarme y comunicarme con otras personas. Sin embargo, hoy por hoy, y en mi situación, hay prioridades.
Hoy me han dicho que era impensable que no conociese Barcelona. Que se trata de una ciudad preciosa. Y que es muy accesible. Que me puedo coger un Euromed por la mañana y volver por la noche en el último, y pasar el día visitando diferentes monumentos y zonas emblemáticas de la ciudad condal. El billete de Euromed Valencia-Barcelona cuesta alrededor de 44 euros. Son casi 100 euros en un día. Too much pal body.
Y la persona que me lo ha sugerido no tenía maldad, en absoluto. Pero a medida que se ha puesto a hablar he empezado a ser consciente de que no estábamos al mismo nivel. Que hay cosas que hoy por hoy no puedo hacer, y que eso me pone límites. Cosas que no he hecho. Experiencias que no he vivido. Lugares que no he visitado. No me avergüenzo de mis circunstancias. Tengo en la vida lo que he podido conseguir, ni más ni menos. Pero el hecho de que se de por sentado que todo el mundo está a ese nivel es cuanto menos, curioso. Sobre todo, con la que está cayendo.
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miércoles 18 de enero de 2012
Enseñar
Desde bien pequeña he querido dedicarme a la enseñanza. Concretamente desde que mi prima, que estudiaba Magisterio de Educación Infantil, me utilizaba de conejillo de indias para sus trabajos. Me encantaba hacer ejercicios con ella, que me grabase en la radio cuando contestaba a sus preguntas, jugar aprendiendo y aprender jugando. Tendría 3 añitos. Y lo vi muy claro. Siempre que alguien me preguntaba "¿Y tú qué quieres ser de mayor, bonita?" Yo contestaba sin dudarlo un momento "Maestra".
Es curioso darse cuenta de cómo, a veces, veíamos muy claras cosas de las que luego dudamos y que ahora nos vuelven a parecer evidentes. Quise ser muchas cosas, pero excepto el periodismo, todas estaban relacionadas con la enseñanza. Bueno, también quise - y quiero - escribir, pero no creo que pueda, NI QUIERO, vivir de la escritura. Se pierde la perspectiva. El arte debería ser gratis, porque la cultura no tiene precio, ¿no?
Si estudié Filosofía fue con vistas a poder enseñar. Nunca lo he negado ni lo he escondido. Y que nadie me malinterprete: creo que la Filosofía es una disciplina interesantísima, y me siento muy orgullosa de tener mi Licenciatura, que me ha servido más que para amasar conocimientos para adoptar nuevas actitudes. Pero si no hubiese querido enseñar, esta carrera no habría sido una opción para mí. Siento, y lo he sentido durante toda la carrera, que mis intereses son muy diferentes de los de los compañeros que estaban interesados en la investigación. Siempre he querido aprender para enseñar.
Y aún así, hasta hace poco, he tenido mis dudas. Hasta una vez empezado el máster de secundaria -quizá una vez empezado el máster más que nunca - he dudado de haber elegido la opción correcta. Imaginaos. ¡Toda mi vida académica dirigida al mismo objetivo! Y ahora, dudas. Suena bastante angustioso, ¿verdad?
Pues hace algo más de una semana que empecé las prácticas en un instituto, y siento que mis dudas han desaparecido. Hoy, por primera vez, me he plantado ante una clase para dar una explicación, para contarles qué errores habían tenido en una redacción que había corregido. Y estando ante esos 28 alumnos no he pensado, he sentido que ese era mi lugar, y no cabían las dudas en el aula (pequeña, por cierto). Tengo claro que esta es una situación ideal: estoy en un centro estupendo, con alumnos muy buenos y respaldada por una profesional de la enseñanza más que cualificada y experimentada. Sé que el día que consiga trabajar en la enseñanza, probablemente, la situación sea bien diferente. Pero el sentimiento que me produce estar ante una clase, intentar transmitir algo, no creo que cambie, aunque me cueste más. Creo que podré enfrentarme a ello.
Y es que el deseo de enseñar es algo que siempre ha estado latente, una especie de llama que se ha ido avivando durante los años de aprendizaje, y que en mi caso, no se apaga. Y me alegro.
Es curioso darse cuenta de cómo, a veces, veíamos muy claras cosas de las que luego dudamos y que ahora nos vuelven a parecer evidentes. Quise ser muchas cosas, pero excepto el periodismo, todas estaban relacionadas con la enseñanza. Bueno, también quise - y quiero - escribir, pero no creo que pueda, NI QUIERO, vivir de la escritura. Se pierde la perspectiva. El arte debería ser gratis, porque la cultura no tiene precio, ¿no?
Si estudié Filosofía fue con vistas a poder enseñar. Nunca lo he negado ni lo he escondido. Y que nadie me malinterprete: creo que la Filosofía es una disciplina interesantísima, y me siento muy orgullosa de tener mi Licenciatura, que me ha servido más que para amasar conocimientos para adoptar nuevas actitudes. Pero si no hubiese querido enseñar, esta carrera no habría sido una opción para mí. Siento, y lo he sentido durante toda la carrera, que mis intereses son muy diferentes de los de los compañeros que estaban interesados en la investigación. Siempre he querido aprender para enseñar.
Y aún así, hasta hace poco, he tenido mis dudas. Hasta una vez empezado el máster de secundaria -quizá una vez empezado el máster más que nunca - he dudado de haber elegido la opción correcta. Imaginaos. ¡Toda mi vida académica dirigida al mismo objetivo! Y ahora, dudas. Suena bastante angustioso, ¿verdad?
Pues hace algo más de una semana que empecé las prácticas en un instituto, y siento que mis dudas han desaparecido. Hoy, por primera vez, me he plantado ante una clase para dar una explicación, para contarles qué errores habían tenido en una redacción que había corregido. Y estando ante esos 28 alumnos no he pensado, he sentido que ese era mi lugar, y no cabían las dudas en el aula (pequeña, por cierto). Tengo claro que esta es una situación ideal: estoy en un centro estupendo, con alumnos muy buenos y respaldada por una profesional de la enseñanza más que cualificada y experimentada. Sé que el día que consiga trabajar en la enseñanza, probablemente, la situación sea bien diferente. Pero el sentimiento que me produce estar ante una clase, intentar transmitir algo, no creo que cambie, aunque me cueste más. Creo que podré enfrentarme a ello.
Y es que el deseo de enseñar es algo que siempre ha estado latente, una especie de llama que se ha ido avivando durante los años de aprendizaje, y que en mi caso, no se apaga. Y me alegro.
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sábado 31 de diciembre de 2011
Pasando revista...
Otro año más. La sensación es de que éste ha pasado rápido, más rápido que otros. O quizá sea una percepción mía.
Lo que sí es cierto es que podríamos tachar este año de "annus horribilis". Y los pronósticos no son muy esperanzadores. Pero no quiero empezar este año derrotada por los pronósticos y las circunstancias. Voy a permitirme soñar que el año que viene va a ser mejor.
Este año, me ahorraré las frustraciones. Ni siquiera voy a hacerme propósitos de año nuevo. Solamente uno: intentar no hundirme. Intentar relajarme y ver las cosas con calma. Estar serena para afrontar mejor las dificultades que se presenten y apreciar mejor las alegrías, pequeñas y grandes que lleguen.
Además, vengo cargada de buenos deseos. También para todos vosotros. Y se resumen en desear que el año que viene sea mejor. Un poco. Y en lo básico al menos. Más que nada, por si se acaba el mundo, que nos vayamos con buen sabor de boca.
Disfrutad de la última noche de este año, y entrad al que viene con el pie derecho.
Un abrazo, y por supuesto, que tengáis un Feliz Año Nuevo :)
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viernes 23 de diciembre de 2011
Un abrazo
Alrededor suyo todo era más lento. Y sin embargo, nada era diferente: el tráfico fluía rápido y sin piedad alrededor. Los ruidos, los cláxones, las prisas estaban allí. Y sin embargo, nada importaba.
Sentados en la parada del autobús charlaban. Él, la escuchaba pacientemente, asintiendo levemente con la cabeza, y con una mueca de tristeza y compasión en su rostro. Ella hablaba atropelladamente, haciendo aspavientos con las manos, entre indignada y sobrepasada. Pero entonces, el tiempo se hizo más lento. Él la rodeo con su brazo, y la llevó suavemente hacia su pecho. Después, se inclinó, y hundió su cara entre los cabellos de ella, en un gesto lleno de ternura. Inspiro su aroma y suspiró, como queriendo decir: "Ojalá pudiese protegerte de todos los males del mundo". Y permanecieron así un momento. Un momento breve, pero eterno.
Sentados en la parada del autobús charlaban. Él, la escuchaba pacientemente, asintiendo levemente con la cabeza, y con una mueca de tristeza y compasión en su rostro. Ella hablaba atropelladamente, haciendo aspavientos con las manos, entre indignada y sobrepasada. Pero entonces, el tiempo se hizo más lento. Él la rodeo con su brazo, y la llevó suavemente hacia su pecho. Después, se inclinó, y hundió su cara entre los cabellos de ella, en un gesto lleno de ternura. Inspiro su aroma y suspiró, como queriendo decir: "Ojalá pudiese protegerte de todos los males del mundo". Y permanecieron así un momento. Un momento breve, pero eterno.
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