Suele ocurrir que a veces encontramos algo,
quizá una melodía,
puede que unos versos,
un entretenimiento,
y, a veces, solo a veces,
una persona,
y creemos haber llegado,
haberlo descubierto todo,
y descansamos, tranquilos,
y nos regodeamos en nuestra fortuna,
y no imaginamos que acabe.
Pero un día, algo se rompe:
un caos ordenado remplaza la armonía
y la paz aunque silenciosa y tranquila
aparece insuficiente y vacía.
Y se pierde la esperanza.
Entonces llega el quietismo,
la decepción y la tristeza.
Puede que sin lágrimas,
e incluso con risas,
pero sabes, sientes,
que ha cambiado el mundo,
que hoy es más hostil.
Y aún sin quererlo
iniciamos otra búsqueda.
Abandonamos sin saberlo
el intento de arreglarlo
- cuando algo así se rompe
nada lo restaura-
y vagamos, sin rumbo,
como un niño que examina juguetes sin ilusión
hasta que encuentra lo que buscaba,
lo que siempre había buscado.
O eso cree.
Y de nuevo, el sonido de las grietas,
de las paredes del alma,
resquebrajándose.
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